“Un tropezón no es caída" no le servía, entonces "lo importante no es caer sino siempre levantarse" pensó. Giró y se quedó sentada en la vereda, con las piernas estiradas y la cartera puesta, esperando que alguien pase para hacerle palanca de brazos y volver a pararse sobre sus dos patitas traseras como un don King. Era muy temprano pero la gente no tardó en comenzar a pasar, ignorándola, en algunos casos o dejándole un billete de 2 pesos o uno de 10 con suerte… Con el correr de las horas se hizo de noche y alguien le robó los zapatos y la cartera pero también vinieron unas señoras religiosas a darle comida y rezar sentadas junto a ella. Luego se fueron.
Su pelo comenzó a enredarse, su ropa a ensuciarse, sus manos se llenaron de mugre y el humo de los autos comenzó a generarle tos, sumado al frío y los bocinazos constantes que le producían migrañas y mal humor. Su aspecto fue cambiando, siempre sentada en la misma posición pero abrigada con lo que le daban, hasta con bolsas y papeles de diario.
Todo se volvió muy extraño, pasaron varios días y comenzaron a reconocerla, algunos la llamaban “La chica de la esquina”, le llevaban colchones y mantas. La saludaba el policía, la puta, el comerciante, la madre con el niño, la piba que vendía estampillas. Un perro callejero la adoptó, quedándose a su lado todo el tiempo.
Su pelo comenzó a enredarse, su ropa a ensuciarse, sus manos se llenaron de mugre y el humo de los autos comenzó a generarle tos, sumado al frío y los bocinazos constantes que le producían migrañas y mal humor. Su aspecto fue cambiando, siempre sentada en la misma posición pero abrigada con lo que le daban, hasta con bolsas y papeles de diario.
Todo se volvió muy extraño, pasaron varios días y comenzaron a reconocerla, algunos la llamaban “La chica de la esquina”, le llevaban colchones y mantas. La saludaba el policía, la puta, el comerciante, la madre con el niño, la piba que vendía estampillas. Un perro callejero la adoptó, quedándose a su lado todo el tiempo.
Ahora, cada tanto, le raja una puteada a alguien o a los gritos cuenta su historia que nadie cree pero todos repiten. Dice que ella era una profesional: contadora, abogada, médica o arquitecta, no se acuerda bien. Solo recuerda que un día el taco se le quedó clavado en la alcantarilla y tras la caída se quedó sentada esperando que alguien la ayude a pararse.
Todavía siente un dolor intenso en las rodillas.
Todavía siente un dolor intenso en las rodillas.
No recuerda de donde venía, no recuerda hacia donde se dirigía, no recuerda nada, nada más que eso que cuenta, mientras pasa la gente como estelas de colores, dejando sus ofrendas, diciéndole lo que necesitan decirle. Viéndola como quieren verla.