Ritual

Cuando me acuesto con el saco de entre casa puesto, en esos descuidos que no quieren ser abandono pero se le parecen en periodos más cortos y de menor frecuencia, me levanto con el saco lleno de pelotitas. 
Son pelusas que comienzo a desprender una a una. Mi vista casi no ve la realización de esta nimiedad, es un momento hipnótico en el que he sabido viajar a otras vidas, meditar y hasta dialogar con un zorro que se formaba por la azarosa distribución de dichas pelusas. Ellas no tienen la fragancia de los pétalos de una margarita, tampoco están divina y simétricamente ubicadas alrededor de un pequeño sol amarillo. Más bien las veo como constelaciones que se pueden observar en los pueblos sin luz, eso sí, no hay pelusas fugaces. Por lo tanto ni pregunto si me quiere o no me quiere, ni me detengo a pedir deseos.
Solo estamos mi saco y yo en el ritual de quitarle eso que le es ajeno. No vamos a cometer el terrible error de simplificar esta actividad con una maquinita de afeitar, sería quitarnos la posibilidad de ver como la repetición va obteniendo gradualmente un resultado final que ya no nos permitirá seguir con la acción hasta que, por descuido, volvamos a dormir la siesta con el saco de entre casa puesto.

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