Cuando en la casa no están todos los habitantes la justificación de los ruidos extraños suele hacerse más difícil. Sospecharan que voy a hablar de fantasmas o voy a intentar explicar los fenómenos científicamente pero no, no es mi intención andar justificándome como si lo que escuchara no fuera cierto o como si tuviera yo alguna responsabilidad por dicho asunto. Estos sonidos de muebles que se arrastran o crujen no me producen miedo, tampoco curiosidad. Solo me parece relevante comunicar su existencia.
Si tuviera que hacer un trabajo, una monografía, una tesis o algo por el estilo ya estaría hablando huevadas hacia alguno de los extremos de la posible respuesta, tironeando de los pelos cualquier argumento peludo que se deje maniobrar hacia mi verdad.
Lamento mucho desilusionarlos o tal vez aburrirlos con un escrito que no intenta nada más que compartir una novedad sin descuartizarla.
Lamento también si al final de estos reglones tiene la sensación de haber sido estafados. Lo que no van a poder negar es que, en la muerte misma de este texto amigable, su estado, el de ustedes, quedará inmodificado en relación al estado en el que estaban ustedes, al predisponerse a la lectura de estas humildes e inútiles líneas de un domingo calmo y placentero, domingo al que no lo disturban las onomatopeyas errantes de los macizos inanimados.
Mientras descubro el modo en el cual provocar que su lectura se deslice hasta el último punto por los renglones como quien patina coordinadamente en andamios de hierro que vuelan por el aire llevados por grúas, comienzo a finalizar esta perorata entretenida para mí, que intento combinar en fila distintas letras, formando palabras que cambien el significado de otras palabras como las frutas aburridas que aburren a las otras frutas del cajón.
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